‘Ozono malo’: pesadilla veraniega

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Son casi las seis de la tarde del 7 de julio. Suena un mensaje en el móvil: “Se ha superado el umbral de información a la población por ozono en la estación Juan Carlos I a las 17:00 con un valor de 191 microg/m3. La tendencia es a empeorar”. Si uno recibe esta información mientras está sentado en una terraza de la otra punta de Madrid, no se preocupará. Pero si ha estado corriendo por el parque Juan Carlos I, donde está la estación que mide los niveles de este contaminante, seguro que se preguntará qué sentido tiene enterarse a posteriori, cuando la actividad física le ha hecho inhalar mucho más aire sucio que en reposo.

Los expertos que conocen los efectos nocivos para la salud del ozono troposférico —también llamado ozono malo, frente al estratosférico, que hace de filtro de la radiación ultravioleta— también se preguntan por qué las Administraciones no informan mejor a los ciudadanos cuando los niveles de contaminación superan los límites de protección a la salud. El Ayuntamiento de Madrid tiene sistemas para informar: un servicio de SMS al que uno se puede suscribir y que alerta de estas situaciones, aunque con cierto retraso. En Andalucía, varias ciudades tienen paneles informativos en la calle, pero son insuficientes puesto que solo cubren algunos puntos.

 

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La gran ruina solar

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No se puede tapar el sol con un dedo, pero es que apenas ven un rayo de esperanza. “Mi nombre es Baldassare Guzardo García. Voy a cumplir 45 años. Estoy casado y tengo dos hijos. Soy peluquero y productor fotovoltaico en fase terminal. Verán por qué”. Con este arranque de terapia de grupo, Baldo, un peluquero de Alicante en graves apuros económicos, envió hace dos semanas un correo electrónico a los 350 diputados y 208 senadores de España. Quería contarles su caso, el de un peluquero que solo debía 19.000 euros al banco hace seis años y que decidió empeñar sus ahorros y su casa en una minihuerta solar con la que aspiraba a una jubilación tranquila. Se trataba de poder comprar una caravana —“como los guiris”— y de ir de aquí para allá con su mujer. Nada excesivo. Su carta personifica el calvario de 30.000 pequeños inversores en huertos solares que confiaron sus ahorros a un proyecto garantizado por el Estado que poco a poco les está dejando en la ruina. Ninguno de los diputados o senadores le ha contestado. Ni un acuse de recibo.

Baldo creyó que invertir en una minihuerta solar de 100 kilovatios, suficiente para abastecer de energía a 22 casas, podría ser un buen complemento a su trabajo en la peluquería familiar. Sus placas ocupan dos hectáreas de un antiguo viñedo de la sierra de El Carche en Jumilla (Murcia). “El sol puede ser suyo”, rezaba una promoción del Ministerio de Industria de 2005, en la que se garantizaba una rentabilidad de hasta un 14%, líneas de crédito oficiales y el primer año de carencia, entre otras ventajas de invertir en energía verde. La realidad ha sido distinta. “Llevo seis años sin ver un duro, solamente nos daba para la cuota de los préstamos. Ya no puedo pagar más, estoy en descubierto”.

 

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